(Las Palmas de Gran Canaria, 1934 - San Cristóbal de La Laguna, 2014).
Sin límites
Lo que no es piedra es luz.
Octavio Paz
Madre, sembrando luz por estas islas
de trochas y barrancos,
abriste mis arterias
de ópalo, las fuentes
de cuarzo de mis ojos,
el vuelo antes del vuelo
de tus eternas aves,
y soy por ti partícipe sin límites
de tu infinito tiempo de cristal.
III
Apenas ha llovido mientras estaba dentro, tocado
por el fuego de las palabras, y es como seda el agua
por el fuego de las palabras, y es como seda el agua
caída sobre los mudos techos de tejas y verodes de
Gerea; en el asfalto es pátina oscurísima, resaltando
Gerea; en el asfalto es pátina oscurísima, resaltando
las estelas de la luz vencida de las farolas;
haciendo, si esto fuera posible, más leve la quietud
de este instante del mundo.
Tardará poco el alba —pienso— en devorar tanta
belleza, en hacer desaparecer tu magia impecable,
ciudad mística y mítica, pero, hasta entonces,
el pensamiento de mi existencia se quedará vagando
entre el balcón y las distancias, cogido entre la noche
profunda y la turbia obsesión del tiempo pasajero.
Tentativa de Ulises
Desde el viento del sur,
¿por dónde iré
a recobrar la luz, el fuego,
que sé perdidos ya
en Guerea?
¿Allá,
por lluvias, humos y carruajes,
gentes sin rostro?
¿De qué exilio llegamos,
póstumos, sucesivos,
a escarbar en nosotros, que pavesas
encandiladas somos, prontas
a no ser, a extinguirse?
Penumbra inevitable, cómo pesas,
mientras chillan los pájaros oídos
en las frondas del sueño,
y más aún, en la terca distancia,
si volvemos atónitos los ojos
en busca del ayer, que sólo es ya
un bastón de la vida tomado por el tiempo.