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lunes, 19 de enero de 2015

Joan Brossa

(Barcelona, 1919 - ídem, 1998). 




Un espia ronda pels carrers de Washington
Un home duu abric i botines grises.
Travessa una dona, molt bonica, endolada.
Un noi, amb ulleres de miop, explica amb profusió de detalls
com és el qui l’ha substituït en el càrrec.
Un home, amb una cicatriu a la mà, surt a corre-cuita d’un edifici
amb una cartera sota el braç.
Un transeünt es plany que és indigne com atropellen la gent pel
carrer.
Passa un noi amb un vell encorbat.
Un militar, malcarós, puja en un cotxe, que arrenca.
Una dona entra en una botiga d’òptica.
Un home es fica en una cabina telefònica.
Passen grups de joves.
Un home, que duu bigotis, es treu les ulleres.



Amor,
en aquest poema
no existeix el temps:
tot el curs de l’Univers
s’hi dona a la vegada.



Amor meu:
Aquí, en contorn del mapa té la forma
d’una cara. Tres províncies són
de color blau i tres de color blanc.
Et voldria parlar del marisc que tinc
incrustat a la barba. A la platja
no hi ha prou casetes. M’ha agradat
molt la noticia que vindràs.
L’habitació ja no em sembla tan gran.
Has de venir aviat per omplir-la una
mica més. Penso molt
en tu. T’esperaré
al moll.
A l’angle superior
de la dreta del sobre,
una mitja lluna dreta.


El cocodril obre
la boca per engolir el poeta.
Però el poeta agafa l’arpa
i la posa dreta a la gola del monstre:
el cocodril no pot tancar la boca
i es queda transformat en una
arpa viva.


Pont
Aquest és el camí
que serveix per a passar
del poema anterior al següent.

 



viernes, 14 de noviembre de 2014

Paulina Vinderman

(Buenos Aires, 1944).


II                                                                                                          

Otra vez cúpulas en el poema, otra vez la ciudad.
Las travesías se volvieron copias
de ciudades tocadas sólo por supervivencia,
para regresar a la mía.
Como si ella contuviera todos los números, los secretos,
las pasiones del mundo.
Alguna vez una calle me devuelve el desierto
y cuando oscurece,
las sombras de las bolsas de basura
son instalaciones de museo, que sólo puedo ver
cuando mi memoria agotada olvida el mar, aquellas grúas
detrás de las cercas, la mujer del turbante azul que
me vendió la caja mágica y la oportunidad
de atesorar mis miedos como mariposas atrapadas
en la belleza de su oro.
Hay que aprender la asfixia como se aprende un idioma.
Nadie llorará por la ausencia de las alas contra el cielo.

IX

Invento el jardín que no tuve y me fotografío
bajo un toldo de cielo.
Cuando menos lo espere, la palabra jardín
me abandonará, y volveré a mis pueblos con
calles de tierra y corazón dorado.

Me dedico a barrer sombras alargadas como cangrejos
raros,
sombras de siglos en ciudades inquisidoras, dulcemente
hostiles a mi curiosidad y a mis robos.
¿Robar para el poema, no para la corona, tendrá perdón?

Hasta que la luna salga en mi búsqueda
le quito Groenlandia a los daneses y escribo
en esta página una carta al viejo Erik el Rojo.
En borrador, sobre mi río y mis piedras, mi canción
y mi Sur. Y las tribus diezmadas, y una oscura
mancha de petróleo sobre la palabra justicia.




Campo quemado                                                                  

Nada de todo esto se parece al miedo,
el miedo es un agujero donde se resguarda
antes de la acción.
Este vacío se parece al hambre, a una tierra
quemada.
Veo, desde la ruta, un último hurón apresurarse
a escapar, ningún pájaro queda.
Soy una mujer al borde de un camino, todos
mis gestos son los de partir.

Una vez bailé un vals en un hotel de lujo,
el mundo era rojo entonces, me sabía heroína,
ahora escribo sobre la heroicidad después de
lavarme la cara: alguna historia con buenos fracasados
en las márgenes del papel.

Con suavidad, empiezo a ajustar las señas bajo
el humo.
Hay un saludo a nadie, o a un pájaro irreal
posado otra vez en lo que queda de una rama.
Inconsistente y neutra,
alzo los párpados desde una luminosidad que
recuerdo,
como una actriz, antes de la representación,
en un teatro de provincia.