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viernes, 17 de abril de 2015

Alí Chumacero

(Acaponeta, Nayarit, 1918 – México, D.F., 2010).


A una estatua

Cesa tu voz y muere
sobre tus labios mi alegría.
No habrá palabra que en tu piel levante
ni un incierto sabor de brisa oscurecida
como el recuerdo que en mis ojos deja
el paso de tu aliento,
porque vives inmersa en tu silencio,
impenetrable a mis sentidos
y si mis manos en tu piel se posan
inclinas la cabeza,
navegas en un tiempo que escucha tu latido,
y entre sus aguas, inundándote
bajo la tersa forma de su espejo,
estás abandonada,
próxima a ser violenta permanencia,
enemiga de olvidos,
casi perdida en íntima zozobra
y sin más voluntad
que la crueldad entre tus labios muda.


Toma tu cuerpo ahora, vuelve el rostro,
mírate así, segura y desplomada
hacia un estanque donde mora el miedo,
donde sólo hay imágenes
y el cuerpo deja su cautivo duelo
para entrar en la fuente de su origen.
Verás nacer el sueño de tu cuerpo
anegando en pureza toda vida,
todo impulso negado en puro movimiento
y toda forma sostenida en puro resplandor
ya no será la flor sino su aroma,
ya no serás tú misma.


No importa entonces que de pronto mueras
y pierdas toda sombra

quedándote en escombros defendida,
si toda tú pereces,
náufraga de tu propio mar,
presa dentro de ti, vencida
como ángel que asolado por el fuego
lanzara su impotencia,
y sólo un desengaño
entre rocas de olvido y de tinieblas
dejan tus labios mudos
y la pureza inútil de tu cuerpo.


Muere, desnuda forma,
hielo que mata mi alegría,
crueldad vertida en mármol fatigado;
muere ya, y deja que contemple
la lucha de tu cuerpo con la sombra,
el debatir inútil de tus labios
contra el vacío olvido de tus ruinas,
que en ataúd o tumbas duermes
entre un querer o no de tus sentidos.




Espejo de zozobra

Me miro frente a mí, rendido,
escuchando latir mi propia sangre,
con la atención desnuda
del que espera encontrarse en un espejo
o en el fondo del agua
cuando, tendiendo el cuerpo, ve acercarse
su sombra, lenta e inclinada,
a la suprema conjunción
de dos pulsos perdidos en sí mismos,
como doble sueño o palabra
inserta en eco hasta llegar
a la primera orilla del silencio.
En espejo de sueños estoy junto a mí mismo
y mi imagen se asoma alargando los brazos,
buscando asir lo inasidero,
lo que dentro de mí resuena
como sombra apresada en las tinieblas
que quisiera hallar una luz
para poder nacer.
Estoy junto a la sombra que proyecta mi sombra,
dentro de mí, sitiado,
intacto, descansando leve
sobre mi propia forma: mi agonía,
y en vano quiero ya cerrar los ojos,
dejar los brazos a su propio peso
o que el agua del silencio lave mi cuerpo,
pues ya mi sueño frente a mí me nombra,
ya destroza el espejo en que se guarda
y reclina su voz sobre la mía:
ya estoy frente a la muerte.

 

lunes, 9 de febrero de 2015

Alejandra Pizarnik

(Avellaneda, 1936 - ídem,  1972).



el silencio es luz
el canto sabio de la desdicha
emana tiempo primitivo
buscaba la piedra no el plan
un himno inocente no las maldiciones

el conocimiento de mis nombres
para olvidarlos y olvidarme
pero lo que no busqué es el exilio
ni tampoco me dije mentiras

no adoré el sol
pero no esperé esta luz negra
al filo del mediodía


 Los de lo oculto

Para que las palabras no basten es preciso alguna muerte en el
corazón.
La luz del lenguaje me cubre como una música, imagen mordida por
los perros del desconsuelo, y el invierno sube por mí como la enamorada
del muro.
Cuando espero dejar de esperar, sucede tu caída dentro de mí. Ya no
soy más que un adentro.




Signos

Todo hace el amor con el silencio.

Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.

De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.



Del otro lado

Como un reloj de arena cae la música en la música.


Estoy triste en la noche de colmillos de lobo.


Cae la música en la música como mi voz en mis voces.





domingo, 18 de enero de 2015

Antonio Fernández Molina

(Alcázar de San Juan, 1929 - Zaragoza, 2005). 


(Historia primera) 


Un hombre convertido en perro,

antes de ladrar, arañaba.

Se colocó pedales y bocina.

Recorría el atardecer

las orillas del canal
y asustaba
y los árboles más rebeldes.
Sin alargarse su vida perruna
e inmediatamente transformado
en bicicleta de tres ruedas,
dormía su entusiasmo por la mañana
y su desesperación al día siguiente.
Después de bicicleta fue sabio
escribía folletos sobre la rabia,
el paludismo, la malaria,
la escrofulosis,
sobre el arte de manejar el sable
y la popular sabiduría.
En buena hora alcanzó a ser
académico y fantasma
apreciado por inexpertos.


(Historia tercera)
 
En el fondo del bar
una taza sobre una mesa
comenzó a sentir frío,
a sentir hambre
y a sentir miedo de la lluvia.
Doblado el diablo del desorden,
hizo sonar ruidos de vajillas.
La taza sollozaba,
los asnos seguían su ejemplo,
las jirafas se asomaron desde el sótano
y su mirada iracunda
pulverizó la taza.
-”Una taza de
tan buena clase”-
se lamentaba el camarero
a la luz de una bujía.
Llegó el clie
nte más veterano
extendió la mano derecha
sobre la llama.
Dijo una voz:
-No existe mejor bufanda
que la bufanda de la oropéndola,
de la oropéndola de la bufanda.

 
 
Al otro lado del lago,
en la línea del horizonte,
donde se unen el cielo y la tierra
galopa un caballo de bronce
se refleja en el agua
de aquella orilla.
Hasta allí se alarga la sombra.



Las miradas juegan a la esgrima
con la cabellera del tiempo.
De pronto
el temor
inmoviliza al pájaro
sobre el balancín de la jaula.


14 

Nubes.
Unas a otras se adelantan.
Como si fueran submarinos
rozan el suelo,
abren surcos cual bocas
por donde salen dolientes
gemidos del planeta.


15
 
Al ponerse en marcha, el tren
sube que viajamos a otro país.
Con ruidos y gestos adecuados
se despide de la estación
y avanza decidido.
Entre los diferentes viajeros
un músico interpreta melodías
otras personas cantan,
hacen hábiles
juegos de manos
y piruetas circenses.
Apenas nos sorprende a los demás
ver a los peces
saltar a nuestro costado
y ver a un arroyuelo circular
por el pasillo del vagón.
Los cristales de las ventanillas
reflejan escenas inquietan tes.
Cuando cerramos los ojos
las imágenes entran
por los agujeros
de la nariz y las orejas.
Pasan momentos y momentos
y llega el tren a su destino.
El nuestro es un interrogante.


18 

Ante el cielo gris,
los troncos y las ramas
de árboles desnudos
parecen líneas dibujadas
de la nervatura de hojas secas
pegadas a las páginas
del herbolario de un niño.
Un momento antes de oscurecer
crece la luz.
Sonríen
y resplandecen los árboles

lunes, 1 de diciembre de 2014

Odysséas Elýtis

(Heraclión, 1911 - Atenas, 1996).

Sol el primero

No conozco ya la noche, terrible anonimia de la muerte.
En lo hondo de mi alma ancla una flota de estrellas.
Véspero, centinela, brilla junto a la celeste
brisa de una isla que me sueña
para que anuncie yo el alba desde sus altas rocas.

Mis dos ojos en abrazo te navegan, con el astro
de mi verdadero corazón: no conozco ya la noche.


No conozco ya los nombres de un mundo que me niega.
Nítidamente leo las conchas, las hojas, las estrellas.
El rencor me es superfluo en las sendas del cielo.
Salvo que sea el sueño, que me vuelve a mirar
cruzar con lágrimas, el mar de la inmortalidad.
Véspero bajo el arco de tu fuego de oro,
La noche, que es sólo noche, no la conozco ya.