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martes, 7 de julio de 2015

Arturo Maccanti

(Las Palmas de Gran Canaria, 1934 - San Cristóbal de La Laguna, 2014). 


Sin límites

Lo que no es piedra es luz.
Octavio Paz 

Madre, sembrando luz por estas islas 
de trochas y barrancos, 
abriste mis arterias
de ópalo, las fuentes 
de cuarzo de mis ojos,
el vuelo antes del vuelo
de tus eternas aves,
y soy por ti partícipe sin límites
de tu infinito tiempo de cristal.  


III

Apenas ha llovido mientras estaba dentro, tocado
por el fuego de las palabras, y es como seda el agua
caída sobre los mudos techos de tejas y verodes de
Gerea; en el asfalto es pátina oscurísima, resaltando
las estelas de la luz vencida de las farolas;
haciendo, si esto fuera posible, más leve la quietud
de este instante del mundo. 
   Tardará poco el alba pienso en devorar tanta 
belleza, en hacer desaparecer tu magia impecable,
ciudad mística y mítica, pero, hasta entonces, 
el pensamiento de mi existencia se quedará vagando
entre el balcón y las distancias, cogido entre la noche
profunda y la turbia obsesión del tiempo pasajero. 


Tentativa de Ulises

Desde el viento del sur, 
¿por dónde iré
a recobrar la luz, el fuego,
que sé perdidos ya
en Guerea?
                     ¿Allá,
por lluvias, humos y carruajes,
gentes sin rostro?

¿De qué exilio llegamos, 
póstumos, sucesivos, 
a escarbar en nosotros, que pavesas
encandiladas somos, prontas
a no ser, a extinguirse?

Penumbra inevitable, cómo pesas, 
mientras chillan los pájaros oídos
en las frondas del sueño, 
y más aún, en la terca distancia, 
si volvemos atónitos los ojos
en busca del ayer, que sólo es ya
un bastón de la vida tomado por el tiempo.
 

miércoles, 27 de mayo de 2015

Kathleen Raine

(Ilford, Essex, 1908 - Londres, 2003). 

El instante

Para poner por escrito todo lo que contengo en este instante
vaciaría el desierto a través de un reloj de arena,
el mar a través de una clepsidra,
gota a gota y grano a grano
a los impenetrables, inmensurables mares y arenas mutables liberados.

Porque los días y las noches de la tierra se desmoronan sobre mí
las mareas y las arenas me atraviesan,
y yo sólo tengo dos manos y un corazón para retener al desierto
y al mar.

Si se escapa y me esquiva, ¿qué puedo contener?
Las mareas me arrastran
el desierto se desliza bajo mis pies. 



Tu don fue la ociosidad…

Tu don fue la ociosidad,
el modo en que descuidabas tu quehacer diario
para maravillarte con el rebrote de una flor,
el temblor de una hoja, el velo de una araña
sobre la rociada en el despliegue de la mañana.
Estos eran tus pensamientos errantes, extraviados
en la mente veleidosa
del cielo etéreo y la nube viajera,
de la campánula y la colina de brezo,
mundo infinito, donde podías perder
memoria, identidad y nombre
y todo lo que contemplabas, renacía,
ala de insecto y malla de estrellas
o la plata reluciente de la semilla por el viento llevada
eternamente a la deriva inmune al tiempo.
¿Qué tiene que ver la ilimitada vida
con la sepultura del cuerpo y con el vientre,
lapso de vida y espacio escaso?