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miércoles, 24 de junio de 2015

Pedro Salinas

(Madrid, 1891 – Boston, 1951).

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».

lunes, 8 de junio de 2015

Cesare Pavese

(Santo Stefano Belbo, 1908 - Turín, 1950).

Fin de fantasía

Este cuerpo no volverá a empezar de nuevo. Al tocar las
cuencas de sus ojos,
uno nota que un montón de tierra está más vivo,
ya que, incluso al alba, la tierra no hace sino guardar
silencio en su interior.
Pero un cadáver es un resto de demasiados despertares.

No tenemos más que esta virtud: comenzar
cada día la vida -ante la tierra,
bajo un cielo que calla-, esperando un despertar.
Se asombra alguien de que el alba implique tanto esfuerzo;
de despertar en despertar, una labor ha sido efectuada.
Pero vivimos solamente para darnos en un estremecimiento
al trabajo futuro y despertar, de una vez, la tierra.
Y alguna vez ocurre. Después vuelve a callar con nosotros.

Si al rozar aquel rostro la mano no estuviese insegura
-viva mano que siente la vida si toca-,
si de veras aquel frío no fuese otra cosa que el frío
de la tierra, en el alba que hiela la tierra,
tal vez eso sería un despertar y las cosas que callan
bajo el alba dirían todavía palabras. Pero tiembla
mi mano y entre todas las cosas se asemeja
a la mano inmóvil.
Otras veces, despertarse al alba
era un dolor seco, un jirón de luz,
pero era asimismo una liberación. La avara palabra
de la tierra era alegre, en un rápido instante,
y morir era todavía regresar a ella. Ahora, el cuerpo que
espera
es un resto de demasiados despertares y no regresa a la tierra.
Ni siquiera lo dicen los labios endurecidos.

martes, 31 de marzo de 2015

Eduardo Milán

(Rivera, Uruguay, 1952).

III
No es el deseo,
es la violencia de la luz
que precipita la palabra.
No es el deseo del nombre,
es la violencia.

¿Buscando un dolor puro
cuando el dolor, aquí, ahora,
está poblado de matices?
Desposeídos, humillados, postergados,
fueras de serie, sin tierra, sin-agua,
aborígenes, sin tierra, desplumados,
soltados a los dientes incisivos
del perro capital que vendrá
a incidir con sus dientes incisivos.
Esos: los que te miran con ojos sin comer.




IV
Yo no busco un dolor puro,
busco su nombre para delatarlo.
Nada de puro aquí,
nadie puro en mí
salvo la voluntad de delatar el dolor.
Eso es poeta, para los que vienen:
el que delata el dolor
que late en toda entraña oscura.
Eso es poeta, para los que vienen:
y luego canta la alegría
del derecho al aire de la tierra.




Escribir es como un círculo,
como la creación de una cabeza de viento.
Es como abejas alrededor de algo
así como un panal, así como una dulzura
saliendo de tus senos por una vez posible:
ésta. Así es escribir,
no como se dice oscuramente debajo de una piedra,
la del alma. Así es como el alma
va perdiendo gravedad y levanta.

Germán Machado

 (Montevideo, 1966).


Las palabras son hendiduras
en la tierra segada / los mitos
tajos hondos / el silencio
cicatrices olvidadas


 
II

aún conservan los colores
del cielo bajo el cual yacían
            aquel azul cobalto
de la carne
            un púrpura sangriento
de la tierra
            el ocre de un abrazo
del sol
            seminal en trigales

                        los amantes
 


Atraviesa el horizonte
diagonal y silente.
No explica lo invisible,
lo redime.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Elisa Dejistani



RUNAS

Había entonces

ojos albinos

los inventaba

en cada runa

en cada piedra afilada

en el reverso

para descifrar quizá

una contraseña

el coraje de permanecer


Ahora

hay luces huérfanas

apenas un resplandor

por entre los agujeros negros

el espasmo

de un corazón partido

donde se filtra la distancia

entre la caricia y el deseo

en ese costado exacto

en que se abren los cuerpos

y la cintura es una curva obscena

y todo arde

y todo  sucede



LA PALABRA 

Palabra

escrita

en la arena de los mitos

canto aciago

de las sirenas

Con las manos de orfebre

tejedora de intriga

con perfil ambiguo

dimensión de ausencia


Palabra

con soles

colgados en la voz

arrancada del fuego


Palabra

que muerde entrelíneas

señales de humo




EL SILENCIO

Me clausuro

construyo

una bruma indudable

oreja o talismán

de la memoria


En la negritud del signo

la nada se defiende con todo


Y el silencio

es esta luz carnívora

del verbo



"A tidone", Elisa Dejistani.
 

TRÁNSITO

Mi razón no pide piedad
se dispone a partir

Hamlet Lima Quintana


Partiré
suelta en transiciones
para atenuar los rituales
el final de la carrera
Partiré en el sigilo
abriéndome paso
por entre las ventanas
que esperan decisiones

Soltaré mi libro
de repente
cerradura abierta en los ojos
ajedrez renuente a la fuga
Partiré
como una fábula bien urdida
en la galera del mago
deslizándome hacia arriba
enrollando mis páginas
encogida dentro

Me iré
toda repartida
en el canto


 

EN LA FRAGILIDAD DE LA PALABRA


En la fragilidad de la palabra
me resguardo de mí misma:
sicario
con el que deletreo mi costado izquierdo
mientras el derecho se llena de manchas
y arrugas
y puntos suspensivos

Por eso la bestia que me habita
ataca a mi sombra
la retuerce
mastica el alto rugido de la sangre
y por fin
se entrega


ESPECTROS

Quién
insiste en rebelarse
Para quién
soplan las bocas
liberan el sonido
Quién
acude entre renglones
conjuga tiempos
derrama el oro
del insomnio
escarba en la prosodia
un grito sofocado
la escritura del cuerpo
su condena
Quién
golpea desde
una letra oscura




VIBRACIONES

Crecí en una clave
infierno o paraíso
encerrado en la piel
Crecí extranjera
por mucho tiempo
suspendida en la alta marea
gemela del mar y de la nube:
Apología de azucenas
Reencarno
en la música del tacto
en el ritmo del deseo
en la abstinencia del sol




Cuando escribo
comienza a circular mi cuerpo
es para volar que me vuelvo
pequeña y ligera


Hay noches
en que permanezco acorralada
al borde de mí misma
me abro la ausencia
en mitad del dolor
y aúllo
como loba capitolina


Hay una fracción
en que la misma soledad
me abandona


Es para llenarme de olvido
que entro en mí
y me despojo