lunes, 25 de mayo de 2015

Alicia Millán

(Madrid, 1981).



cuando mudo escribo
-mudo de cambio
no de ausencia de voz-
escribo el paso de hilo a tejido
la transformación de nuevo
a agujero
o la conclusión sin segunda premisa
(la primera siempre se precipita por la boca)
la segunda
la hallo en un camino que no espero
y remito así el baile
a su procedencia de luz
para qué quiero una sonrisa
que tan rápido se desprende

******
  
dormir las despedidas
como un peine sin púas
desenreda una maraña
-otra vez-
requiero de los dedos
para pensar en deshacer
para alisar la herida
y despertarme en los ojos


******



-resbalo-

no la luz
no la brisa
sino que resbalo
              el sino
el yo que nace cada día

desmembrándome
cada amanecer

soy
todos los atardeceres de golpe


******



mucho pide la existencia
de un silencio que no habito

por cada poro una letra
(rasga mi piel)
-espera-
labios que sepan ingerir
todo el decir que me callo

******




Contigo en la pértiga sobre
-el vértigo que nos sobra-
atracción a tracción
     /amor/ que mora
(dentro)
malabar/es/ (de) abismos

 

******

y por qué seguir sobre el firme
no el firmamento /el firme/
duro y agrietado que fusiona
surcos con mis pies

helados

dormidos

quietos

por qué no
disparar a la velocidad de la luz
todos los sinsentidos a dios
a gritos -porque a besos no-
a gritos las grietas
que hacen que el frío /entre/
y la sangre quede

petrificada


viernes, 22 de mayo de 2015

Blanca Varela

(Lima, 1926 - Lima, 2009).

Juego amoroso

Las manos a la altura del aire
a dos o tres centímetros del vacío
no se mirará nada preciso
la polvareda que pasa
el inesperado cortejo de plumas
arrancadas al vuelo
la nubecilla rosada y tonta
que ya no es
el cierraojos y el ábrelos
en la breve opacidad
de una luz que no se ve
y el sueño pies de goma
y azules y brillantes
las estrellas
rientes
párpado sobre párpado
labio contra labio
piel demorada sobre otra
llagada y reluciente
hogueras
eso haremos a solas 



Esta mañana soy otra 

Toda la noche
el viento me dio alas
para caer

la sin sombra
la muerte
como una mala madre
me tocó bajo los ojos

entonces dividida
dando tumbos
de lo oscuro a lo oscuro
giré recién llegada
a la luz de esta línea

en pleno abismo
abriéndose
y cerrándose la línea

sin música
pero llamando
sin voz
pero llamando
sin palabras
llamando.


Visitación

Dejé al demonio encerrado
en un cajón
en su pequeño lecho de crespón

afuera el ángel vuela
toca la puerta
espera

en una mano la rima
como una lágrima
en la otra el silencio
como una espada

échame de mi cuerpo
son las doce
sin sol ni estrellas
 

lunes, 18 de mayo de 2015

Walt Whitman

No te detengas

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...

sábado, 16 de mayo de 2015

Alejandra Pizarnik

 (Avellaneda, 1936 - Buenos Aires, 1972).


No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo.


Un canto que atravieso como un túnel.


Presencias inquietantes,
gestos de figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje
activo que las alude,
signos que insinúan terrores insolubles.


Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y barrenan,
y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que espera que
me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los cimientos, los fundamentos,
aquello me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno 

baldío,
no,
   he de hacer algo,
no,
   no he de hacer nada,


   algo en mi no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente distinta de ella.


En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos.


No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de trancribir relaciones ardientes.


¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado.


Las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la
desilusión al encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el padre,
que tuvo que ser Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué te dejaste
asesinar escuchando cuentos de álamos nevados?


Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Solo cuando un refrán reincidía, alentaba en mi la esperanza de que se abasteciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez en este poema que voy escribiendo).


Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros. Ni en mis sueños de dicha existirá un coro de ángeles que suministre algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas.


(Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.)

(Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el canto...)


Y era un estremecimiento suavemente trepidante (lo digo para aleccionar a la que extravió en mí su musicalidad y trepida con más disonancia que un caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un país extranjero).


Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que la muerte era decir un nombre sin cesar.


No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más.


Cuando el barco alternó su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, he de beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy invisible aún para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín.


Hay un jardín.

 

El infierno musical (1971).

jueves, 14 de mayo de 2015

Andrés Sánchez Robayna

(Santa Brígida, Gran Canaria, 1952).


A THOMAS TALLIS

A José Ángel Valente,

in memoriam



I

Otra vez esas voces, ese cántico,

claro y oscuro aun tiempo. ¿Cómo,

sin extraviarse, pueden regresar

las voces a su centro, a la alegría


ilimitada? Lo que escucho, de nuevo,

es el Spem in alium,

un canto alzado hasta la transparencia

de la voz, como si el solo hálito



contuviera el fervor de las criaturas,

como si ya las voces se entregaran

a su solo fluir, y pronunciasen

cielo y tierra, fundidos en la sonoridad.



Sabes, pues, que la música puede

llevarte, como herida irrestañable,

hasta la ola de lo perpetuo, hasta el centro

de ti mismo y del mundo, ya fundidos.



Y como heridos quedan los mundos impalpables,

la ola sobre el cielo, que desciende

hasta la tierra, desde donde se alza

la música de nuevo, inextinguible.



II


¿Puede extinguirse, acaso, el eco

de estas voces? ¿Podría

extinguirse el origen de toda claridad,

de donde toda luz procede? Cuando



la grabación acaba, todavía resuena

la ola sin estruendo, y nos parece

oír el silencio de otro modo, un silencio

más profundo en el cuarto casi a oscuras,



las olas del origen sobre el mundo.

Sólo entonces, callado, sé decir:

Gracias, voces palpables, indecibles

voces celestes, gracias, ThomasTallis.