(Santa Brígida, Gran Canaria, 1952).
A THOMAS
TALLIS
A José Ángel
Valente,
in memoriam
I
Otra vez
esas voces, ese cántico,
claro y
oscuro aun tiempo. ¿Cómo,
sin
extraviarse, pueden regresar
las voces a
su centro, a la alegría
ilimitada?
Lo que escucho, de nuevo,
es el Spem
in alium,
un canto
alzado hasta la transparencia
de la voz,
como si el solo hálito
contuviera
el fervor de las criaturas,
como si ya las
voces se entregaran
a su solo
fluir, y pronunciasen
cielo y
tierra, fundidos en la sonoridad.
Sabes, pues,
que la música puede
llevarte,
como herida irrestañable,
hasta la ola
de lo perpetuo, hasta el centro
de ti mismo
y del mundo, ya fundidos.
Y como
heridos quedan los mundos impalpables,
la ola sobre
el cielo, que desciende
hasta la
tierra, desde donde se alza
la música de
nuevo, inextinguible.
II
¿Puede
extinguirse, acaso, el eco
de estas
voces? ¿Podría
extinguirse
el origen de toda claridad,
de donde
toda luz procede? Cuando
la grabación
acaba, todavía resuena
la ola sin
estruendo, y nos parece
oír el
silencio de otro modo, un silencio
más profundo
en el cuarto casi a oscuras,
las olas del
origen sobre el mundo.
Sólo
entonces, callado, sé decir:
Gracias,
voces palpables, indecibles
voces
celestes, gracias, ThomasTallis.
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