domingo, 28 de junio de 2015

Luis Rosales

(Granada, 1910 - Madrid, 1992)

Contigo (fragmento)

No hay noche, no hay luna, no 
hay sol cuando estoy contigo, 
tiemblo de quererte tanto, 
tiemblo de sentirme vivo, 
tiemblo de saber que un día 
la espuma se lleva al río, 
y en el corazón del hombre 
se lleva al tiempo el olvido. 
No hay luz, no hay jardín, no hay 
noche de otoño contigo, 
¡quisiera que se acortara 
el tiempo cuando te miro! 
contigo para perderme, 
para salvarme contigo, 
contigo, Abril, para siempre 
por los siglos de los siglos. 
 * * * 
Tiemblo de verme en tus ojos 
sin comprender el bautismo, 
contigo, Abril, primavera, 
el nombre nace contigo, 
y el ser también en el seno 
de tu vientre estremecido, 
nieve niña y madre virgen 
de mi tiempo y mi destino; 
por ti se agrupa el rebaño 
por ti se doblan los trigos, 
por ti los álamos tiemblan 
y el mar se levanta en vilo 
como los pueblos que llevas 
en la mirada perdidos 
para siempre, como el tiempo 
que vuelve a nacer contigo, 
contigo para salvarme, 
para perderme contigo 
como el beso que no sabe 
sobre qué boca ha nacido. 
¡No puedo verte, no puedo 
verte cuando estoy contigo! 
¡no sé mirarte, no sé 
mirarte, pero te sigo! 
tuyo seré madreselva, 
madre viento y madre río, 
isla de ti solamente 
mi nacimiento continuo, 
que estoy con dolor queriendo 
lo que muero y lo que vivo, 
lo que vivo y lo que muero 
de tenerlo sin vivirlo. 
 * * * 
Ya el tiempo es sólo el espejo 
donde te sueño lo mismo 
que los chopos en invierno 
sueñan su verdor florido. 
(...)

La trasfiguración

Siento tu cuerpo entero junto al mío; 
tu carne 
                es 
                        como un ascua, 
fresca e imprescindible 
que está fluyendo hacia 
mi cuerpo, por un puente 
de miel lenta y silábica. 
Hay un solo momento en que se junta 
el cuerpo con el alma, 
y se sienten recíprocos, 
                                                 y viven 
su trasfiguración, 
                                   y se adelantan 
el uno al otro en una misma entrega, 
desde su mismo origen deseada. 
Siento tus labios en mis labios, siento 
tu piel desnuda y ávida, 
y siento, 
                ¡al fin! 
                             esa frescura súbita 

como una llamarada 
de eternidad, en que la carne deja 
de serlo y se desata, 
se dispersa en el vuelo, 
                                                 y va cayendo 
en la tierra sonámbula 
de tu cuerpo que cede interminable- 
mente cediendo, 
                                  hasta 
que el vuelo acaba y ya la carne queda 
quieta, milagreada, 
y me devuelve al cuerpo, 
                                                      y todo ha sido 
un pasmo, un rebrillar y luego nada.
 
 

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