(Alcázar de San Juan, 1929 - Zaragoza, 2005).
(Historia
primera)
Un hombre
convertido en perro,
antes de
ladrar, arañaba.
Se colocó
pedales y bocina.
Recorría el
atardecer
las orillas
del canal
y asustaba
y los
árboles más rebeldes.
Sin
alargarse su vida perruna
e
inmediatamente transformado
en bicicleta
de tres ruedas,
dormía su
entusiasmo por la mañana
y su
desesperación al día siguiente.
Después de
bicicleta fue sabio
escribía
folletos sobre la rabia,
el
paludismo, la malaria,
la
escrofulosis,
sobre el
arte de manejar el sable
y la popular
sabiduría.
En buena
hora alcanzó a ser
académico y
fantasma
apreciado
por inexpertos.
(Historia
tercera)
En el fondo
del bar
una taza
sobre una mesa
comenzó a
sentir frío,
a sentir
hambre
y a sentir
miedo de la lluvia.
Doblado el
diablo del desorden,
hizo sonar
ruidos de vajillas.
La taza
sollozaba,
los asnos
seguían su ejemplo,
las jirafas
se asomaron desde el sótano
y su mirada
iracunda
pulverizó la
taza.
-”Una taza
de
tan buena
clase”-
se lamentaba
el camarero
a la luz de
una bujía.
Llegó el
clie
nte más
veterano
extendió la
mano derecha
sobre la
llama.
Dijo una
voz:
-No existe
mejor bufanda
que la
bufanda de la oropéndola,
de la
oropéndola de la bufanda.
7
Al otro lado
del lago,
en la línea
del horizonte,
donde se
unen el cielo y la tierra
galopa un
caballo de bronce
se refleja
en el agua
de aquella
orilla.
Hasta allí
se alarga la sombra.
8
Las miradas
juegan a la esgrima
con la
cabellera del tiempo.
De pronto
el temor
inmoviliza
al pájaro
sobre el
balancín de la jaula.
14
Nubes.
Unas a otras
se adelantan.
Como si
fueran submarinos
rozan el
suelo,
abren surcos
cual bocas
por donde
salen dolientes
gemidos del
planeta.
Al ponerse
en marcha, el tren
sube que
viajamos a otro país.
Con ruidos y
gestos adecuados
se despide
de la estación
y avanza
decidido.
Entre los
diferentes viajeros
un músico
interpreta melodías
otras
personas cantan,
hacen
hábiles
juegos de
manos
y piruetas
circenses.
Apenas nos
sorprende a los demás
ver a los
peces
saltar a
nuestro costado
y ver a un
arroyuelo circular
por el
pasillo del vagón.
Los
cristales de las ventanillas
reflejan
escenas inquietan tes.
Cuando
cerramos los ojos
las imágenes
entran
por los
agujeros
de la nariz
y las orejas.
Pasan
momentos y momentos
y llega el
tren a su destino.
El nuestro es
un interrogante.
18
Ante el
cielo gris,
los troncos
y las ramas
de árboles
desnudos
parecen
líneas dibujadas
de la
nervatura de hojas secas
pegadas a
las páginas
del
herbolario de un niño.
Un momento
antes de oscurecer
crece la
luz.
Sonríen
y
resplandecen los árboles
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