domingo, 18 de enero de 2015

Antonio Fernández Molina

(Alcázar de San Juan, 1929 - Zaragoza, 2005). 


(Historia primera) 


Un hombre convertido en perro,

antes de ladrar, arañaba.

Se colocó pedales y bocina.

Recorría el atardecer

las orillas del canal
y asustaba
y los árboles más rebeldes.
Sin alargarse su vida perruna
e inmediatamente transformado
en bicicleta de tres ruedas,
dormía su entusiasmo por la mañana
y su desesperación al día siguiente.
Después de bicicleta fue sabio
escribía folletos sobre la rabia,
el paludismo, la malaria,
la escrofulosis,
sobre el arte de manejar el sable
y la popular sabiduría.
En buena hora alcanzó a ser
académico y fantasma
apreciado por inexpertos.


(Historia tercera)
 
En el fondo del bar
una taza sobre una mesa
comenzó a sentir frío,
a sentir hambre
y a sentir miedo de la lluvia.
Doblado el diablo del desorden,
hizo sonar ruidos de vajillas.
La taza sollozaba,
los asnos seguían su ejemplo,
las jirafas se asomaron desde el sótano
y su mirada iracunda
pulverizó la taza.
-”Una taza de
tan buena clase”-
se lamentaba el camarero
a la luz de una bujía.
Llegó el clie
nte más veterano
extendió la mano derecha
sobre la llama.
Dijo una voz:
-No existe mejor bufanda
que la bufanda de la oropéndola,
de la oropéndola de la bufanda.

 
 
Al otro lado del lago,
en la línea del horizonte,
donde se unen el cielo y la tierra
galopa un caballo de bronce
se refleja en el agua
de aquella orilla.
Hasta allí se alarga la sombra.



Las miradas juegan a la esgrima
con la cabellera del tiempo.
De pronto
el temor
inmoviliza al pájaro
sobre el balancín de la jaula.


14 

Nubes.
Unas a otras se adelantan.
Como si fueran submarinos
rozan el suelo,
abren surcos cual bocas
por donde salen dolientes
gemidos del planeta.


15
 
Al ponerse en marcha, el tren
sube que viajamos a otro país.
Con ruidos y gestos adecuados
se despide de la estación
y avanza decidido.
Entre los diferentes viajeros
un músico interpreta melodías
otras personas cantan,
hacen hábiles
juegos de manos
y piruetas circenses.
Apenas nos sorprende a los demás
ver a los peces
saltar a nuestro costado
y ver a un arroyuelo circular
por el pasillo del vagón.
Los cristales de las ventanillas
reflejan escenas inquietan tes.
Cuando cerramos los ojos
las imágenes entran
por los agujeros
de la nariz y las orejas.
Pasan momentos y momentos
y llega el tren a su destino.
El nuestro es un interrogante.


18 

Ante el cielo gris,
los troncos y las ramas
de árboles desnudos
parecen líneas dibujadas
de la nervatura de hojas secas
pegadas a las páginas
del herbolario de un niño.
Un momento antes de oscurecer
crece la luz.
Sonríen
y resplandecen los árboles

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