(Medellín, 1946).
Canción del que fabrica los espejos
Fabrico espejos:
Al horror agrego más horror,
Más belleza a la belleza.
Llevo por la calle la luna de azogue:
El cielo se refleja en el espejo
Y los tejados bailan
Como un cuadro de Chagall.
Cuando el espejo entre en otra casa
Borrará los rostros conocidos,
Pues los espejos no narran su pasado,
No delatan antiguos moradores.
Algunos construyen cárceles,
Barrotes para jaulas.
Yo fabrico espejos:
Al horror agrego más horror,
Más belleza a la belleza.
Estrella en la memoria
La noche cae.
Y cae con ella una estrella en la
memoria.
El día está hecho para la desmemoria,
Pero la noche, la susurrante noche,
Abre su párpado al recuerdo.
No conozco dos seres
Que odien tanto la memoria:
El día y las polillas.
El día porque pasa espoleado por las
horas
del hombre.
Y las polillas, porque entran en la
casa
Y mordisquean el tiempo de los libros.
Se han visto en mi casa polillas llenas
de
Kafka,
Y otras lánguidas y tristes
Como si hubieran cenado con Vallejo.
Aunque la terquedad del hombre
Es peor que la terquedad de las polillas:
Por los libros comidos y el polen de
letras
Que ellas van dejando en los olvidados
anaqueles,
El hombre imprime su memoria
Y es como si la noche del planeta
Fuera una inmensa linotipia.
La noche cae.
Y con ella una estrella en la memoria.
La soledad del guardafaros
El
guardafaros viene de la misma estirpe
Del
poeta. No otra cosa hace que cuidar
Las
noches, que preguntarse por la luz
Y
cambiarla de curso
Para
que las naves lleguen a buen puerto.
Toda
luz está hecha de tiempo.
Come el
guardafaros su plato de silencio
Y al
mediodía cabecea
Entre
albatros de alas truncas.
La
soledad es su nodriza:
La he
visto dándole pecho a su sombra.
En la
sonora noche que despierta
Los
órganos del mar o sus trombones,
Los
grandes trasatlánticos encendidos
Como
una ciudad entre la niebla
Parten
en dos labios las aguas procelosas.
Larga
soledad del guardafaros,
Ayúdame
a alumbrar las palabras que quedan
Luego
de los silencios del naufragio.
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