lunes, 16 de febrero de 2015

Cristina Peri Rossi

(Montevideo, 1941).

Atarla con mástiles y palos
al borde la cama.
Sus pies, sus manos,
con cuerdas y con lianas.
            (dejar que los musgos y que los líquenes
            crezcan en sus costados,
            que los recién nacidos peces
            laman la piel de sus hombros, sus caderas;
            le birlen besos, beban de los poros
            abiertos y salados de su piel).
Una vez que está sujeta
en irresistible inmovilidad,
arriarla de golpe,
como una vela;
hacerla bajar
por el mástil mayor,
hacerla deslizar:
la tela de su piel
descendiendo por el palo alto,
la blanda carne iodada
resbalando al pie de la cama.
Y muy lentamente sobre ella arrodillada
dejarse ir
en remolino
hacia la honda cavidad
que hierve en su interior.
Muy lentamente
penetrar allí
apartando la humedad de las olas.
Hacer que el agua
lama sus costados
el costado de sus botas;
dejar
que los musgos y los líquenes
le trepen los muslos y las nalgas.
                        Una vez arriada,
            aferrarla al suelo
            con palos y con cuerdas
            para que no se nos escape.
Cubrir de árboles el bosque.
Bosquejar una ciudad.
Circundar una mujer.
Cubrir de bosques una ciudad
bosquejar una mujer,
circuncidar los árboles.
Pero antes,
poner de pie a la mujer
sobre cubierta,
las olas lamiéndole los costados,
la sal ascendiendo por los bordes,
la cubierta llena de sangre,
los pies mojados,
ella afinca bien las piernas sobre las tablas,
lejos nada una ballena,
cerca ronda un cachalote,
silba el viento entre las velas,
difícilmente la he erigido,
primero los pies,
caminos de agua;
después las piernas, columnas de sal;
luego las caderas,
cráteras de vino,
ánforas donde conservar
el aceite y el esperma de ballena;
más tarde la cintura,
por donde he creído dar la vuelta al mundo
en derrota aventurera,
y por último la cabeza,
donde los líquenes y los musgos chorrean,
como si se tratara de una estatua
robada
al fondo vegetal del mar.
Como si fueras
una muerta muy blanca.



La palabra y tú, húmedas de mí.





Reminiscencia

No podía dejar de amarla porque el olvido no existe
y la memoria es modificación, de manera que sin querer
amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía
en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares
en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques
donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas
que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables
como las pocas cosas que habíamos conocido.





La mojo con un verso,
y ella, húmeda de mí,
rencorosa, me da la espalda.
Le digo que prefiero las palabras,
entonces se burla de ellas con gestos obscenos.
La persigo por el cuarto
empujándola con una letra agulada y afilada,
ella se defiende con una cancioncilla mordaz.
Cuando damos el combate por finalizado,
tiene el cuerpo lleno de palabras
que sangran por el cuarto
y así, desnuda y herida,
con el cuerpo lleno de señales
le tomo una fotografía.
Un día seré una escultora famosa,
y ella posará para mí,
muerta de palabras,
llena de letras como despojos.




Silencio.
Cuando ella abre sus piernas
que todo el mundo se calle.
Que nadie murmure
ni me venga
con cuentos ni poesías
ni historias de catástrofes
ni cataclismos
que no hay enjambre mejor
que sus cabellos
ni abertura mayor que la de sus piernas
ni bóveda que yo avizore con más respeto
ni selva tan fragante como su pubis
ni torres y catedrales más seguras.
Silencio.
Orad: ella ha abierto sus piernas.
Todo el mundo arrodillado.




Llevados varios días de navegación
y por no tener nada que hacer
estando la mar en calma
los recuerdos vigilantes
por no poder dormir
por llevarte en la memoria
por no poder olvidar la forma de tus pies
el suave movimiento de ancas a estribor
                        peces voladores
por no perderte en la casa del mar
me puse a hacer
un manual del marinero,
para que todos supieran como amarte, en caso de naufragio,
para que todos supieran como navegar
en caso de maniobras
y por si acaso
hacer señales
llamar con la o que es roja y amarilla
llamarte con la i
que tiene un círculo negro como un pozo
llamarte desde el rectángulo azul de la ese
suplicarte con el rombo de la efe
o los triángulos de la zeta,
tan ardientes como el follaje de tu pubis.
Llamarte con la i
hacer señales
alzar la mano izquierda con la bandera de la ele,
subir ambos brazos para dibujar
-en el relente nocturno-
las dulzuras lúgubres de la u.

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