lunes, 9 de febrero de 2015

José Ángel Valente

(Orense, 1929 - Ginebra, 2000).


El temblor

La lluvia
como una lengua de prensiles musgos
 
parece recorrerme, buscarme la cerviz, bajar,
lamer el eje vertical,  
contar el número de vértebras que me separan  
de tu cuerpo ausente.

Busco ahora despacio con mi lengua
la demorada huella de tu lengua  
hundida en mis salivas.

Bebo, te bebo
en las mansiones líquidas
del paladar
y en la humedad radiante de tus ingles,  
mientras tu propia lengua me recorre  
y baja,
retráctil y prensil, como la lengua
 
oscura de la lluvia.

La raíz del temblor llena tu boca,
tiembla, se vierte en ti  
y canta germinal en tu garganta.




      I
    Exordio

Y ahora danos
una muerte honorable,
vieja
madre prostituida,
Musa.


 
Noche primera

Empuja el corazón,
quiébralo, ciégalo,
hasta que nazca en él
el poderoso vacío
de lo que nunca podrás nombrar.
Sé, al menos,
su inminencia
y quebrantado hueso
de su proximidad.
Que se haga noche. (Piedra,
nocturna piedra sola.)
Alza entonces la súplica:
que la palabra sea sólo verdad.



Antecomienzo

No detenerse.
Y cuando ya parezca
que has naufragado para siempre en los ciegos meandros
de la luz, beber aún en la desposesión oscura,
en donde sólo nace el sol radiante de la noche.
Pues también está escrito que el que sube
hacia ese sol no puede detenerse
y va de comienzo en comienzo
por comienzos que no tienen fin.

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