(Ponferrada, 1974).
(palabras)
Te dirá su secreto,
un día, esa palabra:
la que hierve
al quedarse.
Adentro del corazón,
no sabemos
aún dónde, todavía
su insignificancia, la
palabra perdida,
la que está sin estar.
La palabra, su grito
hasta lo hondo. Es
aún ese fulgor, aún
esa
explosión, su leve
huella.
Aún la lejanía de
siempre.
La libertad
de este mes de abril
se le parece tanto:
las olas
rompiendo contra el
muelle, el aroma
de un mediodía
distinto.
Arrojar la moneda que
busca
las profundidades; no
saber,
no alcanzar – si es
cara o cruz-
con la mirada.
Olores de la noche,
sombras,
retazos de la líbido;
¿qué hay de cierto?,
qué ha venido, al mañana;
espectros, cavidades
profundas,
huecos
donde se ennegrece
la vida.
El deseo de ser aire,
exhalación, de caminar durando
en cada poro, en cada
fosa,
de sentirme aspirado
por palabras fugaces como quien dice
amor, como quien dice amante.
Lléname de aire
oscurecido;
llenarme en tu memoria.
(ángel)
Hay quienes piensan
que es
como el viento, como
la súbita luz
en la tormenta
al final del verano:
no sabemos
y nunca
durará en la memoria.
Solamente una
vibración, un aleteo;
acaso, el fulgor
de un aliento, unos
cuantos pasos
más atrás.
En la luz aún
palpitante
del abismo, al fondo
en la pupila,
es el más solitario.
Es
solamente un guerrero;
conducido por el ardor
y la resurrección.
(día 13)
No es un gesto de
rebeldía.
Ni una extravagancia.
Muchos pensarán lo que
quieran.
No he sido nunca un
incomprendido.
No me gustaría que
confundieran; verme
asociado con alguna
sigla, organización,
o grupo vandálico.
No es un acto político.
No pretendo tener un
público.
Me dolería ser una
especie
de atracción social, y
que la gente jugase
a reconocerme por la
calle.
Lo último que quiero
es que se hable de mí.
Creo poder declararme
inocente.
Maldigo a quienes
quieren ver
alguna forma de arte o
maniobra en ello.
Declaro también por
último
actuar en plenitud de
facultades
y no tener fantasmas
o cuentas secretas que
rendir.
De nuevo el autobús a
la puerta de casa
tras otra loca carrera
por arañar el tiempo.
Y la noche de nuevo,
omnipresente.
(epílogo)
Hubo más muertos. La
fe pública
en silencio esperaba
al borde en los
caminos.
Pero no hay tiempo;
hay nieve negra
cayendo en las
palabras.
Y aquí, alzada la
memoria,
derribo el corazón
buscando
para nunca jamás el
paraíso.
(De "La mitad de la luz")

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